
Llovía. Martín embarraba sus pies descalzos en el pórtico de la rústica cabaña. Cuando el agua se estrellaba contra él, se sentía en comunión con el resto del planeta. Cuando golpeaban sus pies, y las gotas hacían pequeños estallidos de color piel en sus pies llenos de lodo, los sumergía otra vez en la tierra inundada.
El aire olía casi a algas, y el paisaje entero parecía una víctima mas.
-La tormenta va a ponerse mas feroz -le advirtió su abuelo.
-Ahora entro -dijo Martín. En su pecho se agitaba un sentimiento muy extraño... ira, ganas de vivir, bronca contra la lluvia y a la vez agradecimiento por darle sensaciones a su corazón exiliado del mundo, quien marchitaba sin remedio en las Tierras Inóspitas. Se estaba levantando para entrar en la cabaña (a su paso se iba formando una laguna, tan mojado estaba), cuando le pareció ver un relámpago violeta a unos pocos kilómetros de allí, pero, ¡ay!, ya no estaba mas. Se había esfumado.
-Fantasmas otra vez -se dijo, triste.
Cuando entró discutió con su abuelo por su ropa mojada, y Martín no pudo evitar hacer un comentario sobre lo lejos que vivían de la gente. Amargamente recriminó a su abuelo lo pobres que eran y lo mal que la pasaban. También le dijo que no lo soportaba. El abuelo calló.
-¿Por qué vivimos apartados?
No hubo respuesta.
-¿Por qué la poca gente que pasa por aquí lo hace temerosa y hablando pésimo de estas tierras? Estoy harto de vivir acá... quiero conocer el Mundo. Y vos no me dejás.
Parecía que el golpetear de la lluvia contra el techo iba a ser la única respuesta, pero...
-¡Bueno, basta! -gritó el abuelo, y su voz era mucho mas potente que su cuerpo. Martín recordó que había sido un guerrero en su época. En sus ojos secos se ahogaban los fuegos todavía encendidos de mil batallas peleadas. Lentamente, pero casi masticando su disgusto, añadió: - Si querés conocer el Mundo, andate y conocelo. ¿Acaso yo le pedí permiso a alguien para hacerlo cuando tenía tu edad? ¡Pero te advierto! Si te vas, correrán gran peligro nuestras cabezas.
Martín iba a contestarle algo brusco cuando hubo un golpe en la puerta, y esta se abrió de repente. El viento helado entró a empujones en la casa, haciendo volar las hojas de varios de los viejos volúmenes de la biblioteca de roble. Entonces un monstruo entró, por no decir cayó, en el medio de la cabaña; era un especie de sábana violeta y mojada, debajo de la cual dejaban traslucir piel humana. No pudo sostenerse y fue a caer a los pies de Martín.
-¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!
Martín horrorizado le dio una patada al bulto y éste gimió. Tenía consistencia de ser vivo; esto lo espantó mas, y se apartó de un salto.
-¡Está vivo, la puta madre!
El abuelo lo empujó a un lado y terminó dándose contra la biblioteca.
El bulto violeta tosió.
Y tambaleándose, comenzó a levantarse, pero cayó de vuelta. Entre la llamativa sábana mojada, que entonces el abuelo reconoció como una capa, se asomaban dos botas negras cubriendo dos piernas blancas. Había también una pequeña armadura plateada, que Martín había pateado (ahora se daba cuenta, ya que comenzó a dolerle el pie). El agua seguía entrando así que el abuelo fue hasta donde estaba la puerta y la cerró. Ambos se acercaron al extraño visitante. Era una muchacha.
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